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Te Amo, Te Odio, Dame Más

Las grandes pasiones despiertan grandes polaridades. Quizá sea por eso que muchas argentinas estamos alejadas del fútbol. Nuestros hombres suelen ser tan fanáticos que nos agotan con su obsesión. 

Pasión intensa e interminable, claro. Siempre se está jugando algo, los campeonatos se suceden entre sí infinitamente. Nunca entenderé porqué el apertura se juega a fin de año y el clausura a comienzos. Ya me lo explicaron 100 veces, y 100 veces lo olvidé. Igual que el offside que es, para mí, otro de los grandes misterios de la humanidad.

Pero cuando juega la selección, opera el milagro y las cosas cambian. Mujeres como yo, que de fútbol sólo sabemos que corren 10 jugadores por equipo detrás de una pelota con uno que ataja -y no mucho más-, de repente comenzamos a interesarnos por este deporte. Actividad masculina si las hay, a la que tradicionalmente asociamos mentalmente a tipos con cerveza en la mano que no hacen más que gritar como desaforados cada vez que el árbitro falla de manera contraria a su pensamiento. O sea, casi siempre.

Lo confieso: me encantan los tipos que no son muy fanáticos del fútbol. Me parece que ya tienen una parte de la conversación innecesaria eliminada. Supongo que es algo injusto, pero es así. Nunca estuve en pareja con un hombre que estuviera excesivamente compenetrado con algún equipo. No sé si podría soportar tanta adrenalina por algo tan banal.

Sin embargo, como dije antes, en ciertas ocasiones hay excepciones, y es lícito que todos nos volvamos un poco jugadores y un poco DTs.

Un Mundial es excepción. Copa América también es excepción. Y hasta yo veo los partidos.

El tema es que me sorprende, y mucho, cómo termino metiéndome en los mismos recovecos mentales complicados de la mayoría futbolera. Si la selección pierde, hasta yo me escucho opinando sobre el juego (¡dios mío!) y critico a los jugadores y al técnico. Si ganan, también soy de las que alaban a los jugadores y las tácticas. Como si entendiera. Y en el fondo, hasta creo que entiendo.

Muchas cosas del ser argentino se reflejan en el fútbol. Extrañamente, proyectamos la patria hacia el fútbol, y encaramos cada juego como si fuera una guerra, cada gambeta como una batalla. Como si en cada partido nos fuera la vida. Como si no pudiéramos tolerar la idea de la derrota, y ser vencidos se trasladara a todos los ámbitos de la vida.

Volviendo a Copa América, los primeros partidos fueron malos. Todos criticábamos a la selección. “Son todos unos pecho frío”, “les falta sangre”, “ahí no hay fuego sagrado”, “son puras individualidades”, y tantas otras frases que se escuchaban de boca de todos y cualquiera.

En el partido de ayer contra Costa Rica nos impusimos por goleada. 3-0. 

Y volvió el amor. Ahora Messi es un héroe, Batista es un estratega eximio comparable con los grandes héroes de la patria, el equipo está cohesionado y todos somos felices. Ganar cambió el humor de un país, por más increíble que parezca.

Así que hoy, todos exudamos alegría. No cabemos en el cuerpo de la felicidad que tenemos. Nos llevamos el mundo por delante, nos sentimos triunfadores.

Pero claro, la euforia durará hasta el próximo partido donde el resultado nos parezca injusto para la estirpe futbolera que nos avala históricamente. Y entonces pasaremos otra vez del amor al odio, y exigiremos más.

¡Que no decaiga! Quién te dice, llegamos a la final ganadores. Y entonces los argentinos demostraremos, una vez más, que somos todos jugadores y DTs. Virtuales, transitorios, de excepción. Pero de los buenos.

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  1. gabulopez posted this