A nivel social, esta ciudad se parece a Nueva York: shows tarde, personas que salen hasta que amanece. Pero en algunas formas acá hay más vida nocturna que la que hay o hubo históricamente en Nueva York. La vasta mayoría de los restaurantes están abiertos al menos hasta las 4am, muchos más que en NY. Y las calles están llenas de gente a las 3am! Los cines tienen funciones regulares que empiezan a la 1.30am y no con películas típicas de media noche, sino con films como El Rey León! […] Familias enteras están paseando en el medio de la noche, ¿cuándo duermen? — http://bainspiration.com/2009/12/17/david-byrne-sobre-buenos-aires/ (via miventanaportenia)
Hasta julio de este año existió en España El Bulli, un restaurante famoso en todo el mundo por sentar las bases de lo que se denomina cocina molecular, que es ni más ni menos que la transformación de platos tradicionales mediante técnicas culinarias que se basan en la física y la química de los ingredientes.
Y ahora tenemos un exponente de la cocina molecular aquí en Argentina, con un cheff que, según se cuenta, trabajó con Ferrán Adriá en el mítico restaurante catalán.
El lugar es mínimo y minimalista: apenas unas 6 mesas ubicadas en un espacio pequeño, con una decoración excesivamente austera.
Los platos se suceden unos tras otros, con una presentación interesante tanto desde lo visual como desde lo olfativo y auditivo. Quien los sirve explica en qué consiste cada bocado y, aún así, algunas texturas sorprenden al ser experimentadas.
Y experiencia es la palabra que define este restaurante. Porque algo que tradicionalmente se come caliente se sirve frío como el hielo, lo que parece sólido resulta ser una espuma, o lo tradicional se deconstruye en varios ingredientes que, en conjunto, rearman el sabor conocido.
Prefiero no abundar en detalles porque creo es una experiencia para vivir y no para ser contada. Pero sí voy a dar algunos consejos:
La Vinería de Gualterio Bolívar podría ser mucho más. Se queda a 3/4 de camino para completar el circuito de una experiencia casi mágica.
De cualquier modo, con la magia incompleta, vale la pena visitarla.
Club Porteño es uno de esos lugares por los que pasaste 100 veces y jamás te llamó la atención. Terminé yendo porque la gente con quien estaba lo recomendó porque, si no, habría vuelto a pasar y no habría entrado.
Sin embargo, me habría perdido un lugar interesante, ambientado con una atmósfera intimista, lámparas incandescentes a medio encender, mucho filete porteño y un menú tan variado que dan ganas de volver por más.
Desde una simple milanesa hasta las más modernas provoletas de queso de cabra con rúcula, pasando por pizzas del horno de barro y pasteles de papas servidos en cazuelas de barro. Todo lo que hace a la cocina de nuestra ciudad, a los sabores de la infancia, a la mesa de siempre y a los platos que incorporamos recientemente, está ahí.
Hay show de tango y todo. Con bailarines y músicos, bien completito. Un poco ruidoso como para para mantener una conversación fluida, es cierto, pero lo suficientemente breve como para no colmar la paciencia.
Los mozos fueron un poco lentos, pero compensaron la falta con buen humor. Al final, tuvieron la cortesía de regalarnos una ronda de café. Nos gustó el gesto.
Claro que volvería a Club Porteño.
Porque esta vez, pasé por alto los postres. Pero la próxima, no me los pierdo.
Graffitti porteño en Palermo
(via miventanaportenia)
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Las grandes pasiones despiertan grandes polaridades. Quizá sea por eso que muchas argentinas estamos alejadas del fútbol. Nuestros hombres suelen ser tan fanáticos que nos agotan con su obsesión.
Pasión intensa e interminable, claro. Siempre se está jugando algo, los campeonatos se suceden entre sí infinitamente. Nunca entenderé porqué el apertura se juega a fin de año y el clausura a comienzos. Ya me lo explicaron 100 veces, y 100 veces lo olvidé. Igual que el offside que es, para mí, otro de los grandes misterios de la humanidad.
Pero cuando juega la selección, opera el milagro y las cosas cambian. Mujeres como yo, que de fútbol sólo sabemos que corren 10 jugadores por equipo detrás de una pelota con uno que ataja -y no mucho más-, de repente comenzamos a interesarnos por este deporte. Actividad masculina si las hay, a la que tradicionalmente asociamos mentalmente a tipos con cerveza en la mano que no hacen más que gritar como desaforados cada vez que el árbitro falla de manera contraria a su pensamiento. O sea, casi siempre.
Lo confieso: me encantan los tipos que no son muy fanáticos del fútbol. Me parece que ya tienen una parte de la conversación innecesaria eliminada. Supongo que es algo injusto, pero es así. Nunca estuve en pareja con un hombre que estuviera excesivamente compenetrado con algún equipo. No sé si podría soportar tanta adrenalina por algo tan banal.
Sin embargo, como dije antes, en ciertas ocasiones hay excepciones, y es lícito que todos nos volvamos un poco jugadores y un poco DTs.
Un Mundial es excepción. Copa América también es excepción. Y hasta yo veo los partidos.
El tema es que me sorprende, y mucho, cómo termino metiéndome en los mismos recovecos mentales complicados de la mayoría futbolera. Si la selección pierde, hasta yo me escucho opinando sobre el juego (¡dios mío!) y critico a los jugadores y al técnico. Si ganan, también soy de las que alaban a los jugadores y las tácticas. Como si entendiera. Y en el fondo, hasta creo que entiendo.
Muchas cosas del ser argentino se reflejan en el fútbol. Extrañamente, proyectamos la patria hacia el fútbol, y encaramos cada juego como si fuera una guerra, cada gambeta como una batalla. Como si en cada partido nos fuera la vida. Como si no pudiéramos tolerar la idea de la derrota, y ser vencidos se trasladara a todos los ámbitos de la vida.
Volviendo a Copa América, los primeros partidos fueron malos. Todos criticábamos a la selección. “Son todos unos pecho frío”, “les falta sangre”, “ahí no hay fuego sagrado”, “son puras individualidades”, y tantas otras frases que se escuchaban de boca de todos y cualquiera.
En el partido de ayer contra Costa Rica nos impusimos por goleada. 3-0.
Y volvió el amor. Ahora Messi es un héroe, Batista es un estratega eximio comparable con los grandes héroes de la patria, el equipo está cohesionado y todos somos felices. Ganar cambió el humor de un país, por más increíble que parezca.
Así que hoy, todos exudamos alegría. No cabemos en el cuerpo de la felicidad que tenemos. Nos llevamos el mundo por delante, nos sentimos triunfadores.
Pero claro, la euforia durará hasta el próximo partido donde el resultado nos parezca injusto para la estirpe futbolera que nos avala históricamente. Y entonces pasaremos otra vez del amor al odio, y exigiremos más.
¡Que no decaiga! Quién te dice, llegamos a la final ganadores. Y entonces los argentinos demostraremos, una vez más, que somos todos jugadores y DTs. Virtuales, transitorios, de excepción. Pero de los buenos.
Le contaba a un amigo que hace tiempo que no me enamoro. Mucho tiempo.
De los 15 a los 35 siempre estuve acompañada. Cuando una relación estaba terminando, empezaba la siguiente. No era algo planeado, era algo que sólo sucedía. Mi sensación es que no era cómodo para mí que fuera así pero, evidentemente, por algo siempre repetía la misma conducta.
Ahora hace 5 años que no me enamoro. A veces pienso que soy rara, o me pregunto si la persona indicada ya pasó por mi vida y no supe reconocerla. Me niego rotundamente a considerar la teoría que asegura que uno tiene un cupo de amor en su vida, y que si te lo gastaste todo, chau, no hay nada más para vos. Pero no puedo dejar de preguntarme, ¿será realmente así? ¿Y si ya no queda más amor para mí?
Sea como fuere, el otro día le contaba todo esto a un amigo que, notablemente ofuscado por la extensión del relato, de repente disparó:
Mirá, ¡ojalá te enamores!
Wow. Fue así, como una lanza. No sonó a mimo o caricia, para nada. Pareció más un dardo envenenado o un dedo certero en la llaga, bien puesto. Me dieron chuchos de frío. No me gustó.
Se lo dije. Se río. Me contó que entre los árabes, esa frase es una amenaza.
Me quedé pensando. Al estar enamorado se pierde el rumbo. Subirse a la montaña rusa de las emociones implica dejarse llevar. Uno se pone tonto, vulnerable, inseguro. Deja de ver objetivamente, sueña despierto, se mueve por impulsos. Sufre. Es complicado, de repente se hace simple, y se vuelve complicado otra vez.
¿Puede ser verdad? ¿Y si enamorarse es, en el fondo, algo no tan bueno?
No sé. A mí me gusta estar enamorada. Prefiero toda la vida enfrentarme a sufrir y saber que estoy sintiendo algo, a no sentir nada e hibernar en un mundo sin pasiones.
“Ojalá te enamores”. Sonó a maldición.
Yo lo tomo como un buen augurio.
Nací acá, en Buenos Aires. Soy porteña de ley. Me gustan muchas cosas de mi ciudad, como los árboles en las avenidas, la iluminación rosada de las calles, el violeta de los jacarandás en flor, caminar por Palermo en otoño, tomar un café con leche en algún bodegón de barrio.
Pero hay muchas cosas que hoy me duelen. Después de volver de viaje tuve una muy fea sensación cuando el coche tomó la Autopista Ricchieri. Vi todo sucio, sin mantenimiento. Calles rotas, veredas desatendidas. Muros descascarados como leprosos, con insolentes pintadas políticas. Sentí la agresividad de la gente al manejar, de los peatones al enfrentarse con otros por la calle, de quien se sube con vos al ascensor e intenta por todos los medios no cruzar su mirada con la tuya.
Me gusta Buenos Aires, pero me decepciona sentir que nos resignamos a vivir en una realidad que no nos conviene. Que asumimos que las cosas son como son y ya. Que creemos no tener más opción y que nada tiene remedio.
El ser humano tiene una capacidad de adaptación sorprendente. Y pensamos que por haber nacido en tal lugar y bajo ciertas condiciones tenemos que pasar toda nuestra vida de la misma forma. Como si no tuviéramos alternativa.
Desde que regresé hace dos semanas me pregunto si este es el lugar donde quiero vivir. Me siento como una paria en mis calles, como una exiliada en mi propio país.
Al revés que otras veces, ya no me parece que esta ciudad sea tan linda y acogedora. La veo gris y amenazante.
¿Será una sensación transitoria? ¿Volveré en unos días a meterme dentro de la Matrix y olvidaré la imagen que me devuelve hoy la ciudad de la furia? Quién sabe.
En este instante, tengo una sola certeza: Buenos Aires me mata.
Hoy tengo uno de esos días.
Uno de esos días en que las emociones van más rápido que yo y descubro que estoy llorando sin saber por qué. De repente caen lágrimas y no sé dónde vienen. Así nomás.
Uno de esos días en que no importa que afuera haya sol e incluso haga algo de calor estando a la vuelta el invierno. Un día en el que no comí, no me bañé todavía, y ni siquiera me levanté de la cama.
Quizá sea porque hoy recuerdo a mi abuela porque era su cumpleaños. No tenerla y asumir que es algo irremediable me da pena. Me angustia. Me da bronca.
Antes luchaba contra estos días.
No dejaba que me invadiera la melancolía. Le ponía una muralla de actividades al desasosiego y una barrera de ocupaciones constantes le impedía el paso a la tristeza.
Pero ya no. Dejo que estos días aparezcan, se queden un rato, sigan su camino y pasen.
Nostalgia. Me gusta como suena esa palabra. Pero detesto el sentimiento.
Estuve un mes fuera de Argentina. Un mes parece poco tiempo. Pero para mí duró mucho.
Ver las cosas desde lejos y tomar perspectiva siempre es beneficioso. Uno llega a conclusiones interesantes y dimensiona lo cotidiano. Carecer de lo que damos por sentado nos hace valorarlo más.
Honestamente, soy un persona que extraña poco. Siempre fue así. Recuerdo que cuando era chica y viajábamos en las vacaciones, mis hermanas añoraban cosas que para mí no tenían importancia, como sus almohadas, sus camas, sus juguetes. Siempre sentí que podía adaptarme a cualquier lugar, y tengo poco apego en general.
Sin embargo, hay algo que sí quiero tener cuando estoy alejada de casa: el nivel de profundidad de conversación que tenemos entre los argentinos cuando estamos en el país. Y aclaro “cuando estamos en el país” porque tengo amigos que viven en exterior y siento que, -en algunos casos, no en todos-, el tiempo y la distancia han borrado esa cualidad.
Y es que los argentinos nos sentamos a charlar, café de por medio, y hablamos de todo.
Esa fama que tenemos de apelar a los psicólogos para resolver nuestras vidas lo aplicamos a diario con quienes conocemos, sin darnos cuenta. Nos vamos confesando, analizando y opinando entre nosotros, y nos parece lo más normal del mundo. Pero no es así.
Eso lo extraño. Mucho.
Sin lo demás, puedo vivir tranquilamente.